Durante
la Edad Media, los castillos y monasterios fueron lugares de
destino para los hombres que abandonaban las ciudades romanas,
objeto incursiones violentas y saqueos por parte de los bárbaros.
El territorio en cuestión no fue una excepción.
En cuanto concierne a los castillos, en el territorio se cuentan
más de un centenar, sin considerar las torres de vigía.
En lo que respecta a los monasterios, se destacan, en la provincia
de Piacenza, los restos del antiguo monasterio de Bobbio. Este
monasterio, apartado de nuestro itinerario pero igualmente ubicado
a lo largo de un antiguo camino de peregrinaciones, fue fundado
por el monje irlandés Colombano (614) y representó
durante mucho tiempo uno de los centros más importantes
del monaquismo europeo. La estructura del burgo medieval, construido
junto al castillo para buscar su protección, está
bien representada por CastellArquato, pueblo que conserva
intactas sus características medievales, así como
también por la Fortaleza de Bardi, con sus murallas originariamente
almenadas, su imponente torreón, el granero, el depósito
de hielo, etc., ejemplos de la arquitectura militar de los siglos
XIII y XIV. En cuanto respecta a las casas de la llanura, su
estructura se caracterizaba por el desarrollo horizontal de
los espacios funcionales, la yuxtaposición de las construcciones
y un pórtico longitudinal que separaba la parte destinada
a las personas del establo y el pajar. En la parte frontal,
cerrando la era, se encontraban los edificios de servicio denominados
barchesse, cobertizos destinados a guardar herramientas
y materiales.
Por el contrario, las típicas casas de los Apeninos estaban
dispuestas en varios niveles con los establos en la planta
baja y la parte habitada en los niveles superiores- para aprovechar
mejor la superficie de la laderas; tenían escaleras externas
y se encontraban siempre reunidas en pequeños núcleos,
para optimizar las condiciones de habitabilidad durante los
largos inviernos. En algunas áreas, en particular en
las colinas, los asentamientos rurales se caracterizaban por
las llamadas casas en forma de torre, que evidenciaban las necesidades
defensivas y de vigilancia típicas de las zonas afectadas
por importantes flujos de tránsito. Las técnicas
de construcción preveían la utilización
de ladrillos, tejas, madera y revoque en los edificios de la
llanura, mientras que a medida que se avanza en los Apeninos
aumentaba la utilización de la piedra, hasta volverse
el material exclusivo en los núcleos auténticamente
de montaña. En efecto, son de piedra las paredes, las
escaleras, las coberturas en planchas, pero también los
arquitrabes y los marcos de puertas y ventanas. Por último,
hay que recordar la presencia de los innumerables hospitales
destinados a los peregrinos. En el siglo XV, sólo a lo
largo de la vía Francigena, se contaban dieciocho.
Frecuentemente estaban ubicados junto a parroquias o conventos,
pero a veces estaban aislados, a lo largo de los caminos principales.
Es muy poco lo que queda de ellos, puesto que generalmente se
trataba de construcciones muy esenciales, pero podemos suponer
que largas y bajas, adecuadas para alojar grandes dormitorios,
a veces dotadas de pórticos para la pausa vespertina.
Además de los castillos, las provincias de Parma y Piacenza
son particularmente ricas en edificios de culto; tanto las capillas
votivas y las parroquias (Vicofertile, Talignano, Bardone, Fornovo),
como las iglesias parroquiales y las abadías (Fidenza,
Chiaravalle, Berceto), se distinguen por su óptima construcción
y, en muchos casos, sus características demuestran cómo
las novedades estilísticas llegaban rápidamente
y ejercían su influencia en los lugares situados a lo
largo del camino de los peregrinos. Si se observan, por ejemplo,
las catedrales de Piacenza, Parma y Fidenza, se reconocen trazos
del estilo románico del valle del Po y particularmente
en la escultura- influencias provenzales; estudios recientes,
además, han puesto en evidencia influencias bizantinas
en las pinturas internas del baptisterio de Parma. La influencia
del estilo gótico, por el contrario, se manifiesta con
menos fuerza, pero también en este aspecto la zona parece
seguir la tendencia nacional. Importantes trabajos renacentistas
tardíos son evidentes sobre todo en la decoración
ictórica (los más célebres son los de Correggio
y Parmigianino) y en la decoración de los ambientes.
Pero las obras del hombre no deben poner en un segundo plano
las bellezas de la naturaleza, que pueden ser apreciadas por
quienes recorren las Reservas Regionales a lo largo de los diferentes
tramos de la vía Francigena: los parques,
bosques, lagos y, más en general, el paisaje de los Apeninos,
se ofrecen al viajero con las líneas y colores de las
sus suaves pendientes, tan diferentes de las asperezas rocosas
típicas del paisaje alpino. También la pasión
por la paleontología y la geología será
satisfecha: en el valle del Arda, en las cercanías de
CastellArquato, Lugagnano y Groparello, así como
también en el Parque del Stirone, se pueden visitar verdaderos
museos al aire libre de fósiles marinos.
FOLCLORE
Más allá de la visceral pasión popular
por el melodrama (Verdi y Toscanini son nativos de la provincia
de Parma), esta zona, así como también todo el
resto de Italia del norte afectada por la industrialización,
ha perdido irreparablemente sus manifestaciones de arte popular.
De la música tradicional de los Apeninos parmesanos y
placentinos se ha conservado muy poco: danzas, algunas forlanas
y gigas. Ya a fines del siglo pasado, el vals, la polca y la
mazurca habían desplazado la música local, contribuyendo
a hacer caer en desuso los instrumentos típicos populares,
como el violín, la guitarra, la mandolina, la ghironda
instrumento preferido por los músicos del valle
del Taro, que viajaban por toda Europa- y la piva
(cornamusa), que daba el nombre a una antigua danza de la cual
quedan solamente algunos cuentos confusos y contradictorios:
se sabe que se trataba de un baile en círculo y, a juzgar
por un modismo local (ser una piva se dice de una
persona aburrida), muy simple y repetitivo. El canto popular,
por el contrario, es más rico, y su recuerdo aún
se puede encontrar en numerosas manifestaciones y fiestas de
los Apeninos parmesanos y placentinos. Aun perteneciendo a un
área folclórica que se puede definir perteneciente
al valle del Po, la zona montañosa de los Apeninos placentinos
que confina con la zona de Génova muestra marcadas influencias
ligures en la fonética y en algunas formas lexicológicas,
pero también, y sobre todo, en la ejecución coral
de los cantos populares: en efecto, aún sobreviven aquí
significativas formas de canto tarareado, de evidente inspiración
ligur. En los últimos decenios, mucho material etnográfico
ha sido recogido, registrado y analizado por el Centro Etnográfico
de la Provincia de Piacenza, que representa un importante punto
de referencia para los estudiosos en este campo. Se ha prestado
particular atención a la conservación de los objetos
de la vida cotidiana: en la zona de Parma se destaca el Museo
Guatelli, ubicado en Ozzano Taro, sobre la vía Francigena,
que reúne herramientas, juguetes, imágenes y diferentes
tipos de instrumentos relacionados con la vida de los campesinos
de la zona.
FIESTAS
Una antigua tradición parmesana, muy sentida aún,
que probablemente se remonta a las fiestas paganas del solsticio
de verano, es la de recoger rocío en la noche de San
Juan (23 de junio) mientras se comen los típicos tortelli
de acelga, foghè in-t-al buter e sughè col
formaj (mojados con manteca y secados con queso). En algunas
zonas de montaña de las dos provincias aún se
puede asistir, en la noche del 30 de abril, a la fiesta de Carlin
di maggio y de Calendimaggio. En efecto, aquí
subsiste aún la tradición de celebrar, al inicio
del mes de mayo, la llegada de la primavera que, para los campesinos,
señalaba el comienzo de un nuevo ciclo de las estaciones.
Se trata de una fiesta particular que hunde sus raíces
en una época más arcaica, en la cual la supervivencia
del hombre dependía en gran parte del trabajo en el campo
y de la sucesión de las estaciones. Otras ocasiones de
solemnes comidas están representadas por las llamadas
Sagre, ferias populares frecuentemente relacionadas
con la producción local. En septiembre, por ejemplo,
en Berceto y en Borgo Val di Taro se organizan las ferias del
hongo boleto, y en Collecchio se lleva cabo la famosa Feria
de la Cruz, que evoca el retorno de un cruzado desde Tierra
Santa a través de la vía Francigena.